ACERCA DE LA ESPERANZA

Hacía tiempo que no compartíamos a través de este blog temas y cuestiones que nos parecen de interés con la esperanza de que puedan apoyar provocar e incitar a la reflexión. Si de esa reflexión se deriva un movimiento que lleve a que algo pueda cambiar y mejorar, entonces la satisfacción es inmensamente mayor.
De manera intencionada ya hemos colado el concepto de Esperanza en el párrafo anterior, que hoy es la protagonista, y una gran protagonista por cierto.
¿Quién no ha escuchado o mencionado la Esperanza innumerables veces a lo largo de su vida?. “La esperanza es lo último que se pierde”, “mientras hay vida hay esperanza”,”siempre hay que mantener la esperanza” ,…Había un chiste, o “chisme”, que contaban los mayores en mi niñez, que al menos a mi me resultaba gracioso “nunca hay que perder la esperanza, sobretodo si es tu mujer”. Sea como sea, en un formato u otro, de la esperanza se ha hablando y escrito mucho.
Esperanza, ¿Qué es?
Como siempre, lo primero es definir a que nos vamos a referimos con Esperanza, porque de la esperanza se ha investigado mucho y desde diferentes ángulos: la filosofía, la teología, la sabiduría popular y por supuesto la psicología.
Así, desde San Agustín hasta Fernando Savater pasando por Kierkegaard, Nietzsche y un largo etcétera, cada uno con visiones incluso totalmente contrapuestas (Nietzsche valoraba la esperanza como un lastre, y no como una virtud) han escrito sobre esperanza desde la filosofía. Por su parte Martin Seligman, Snyder, Steven Hayes, Abramson, Metalsky y Alloy y muchos otros la han abordado e investigado desde la psicología clínica y experimental.
Escribiendo desde donde escribo, es comprensible que enfoquemos la Esperanza desde el ángulo de la psicología. Desde ahí y cercanos al Modelo de Snyder sobre la esperanza, nos referimos a ella como factor cognitivo que nos facilita:
- marcarnos objetivos en nuestra vida (ya sean personales, profesionales, sociales,…)
- establecer las rutas, los caminos para alcanzar esos objetivos (pensamiento generador de rutas)
- mantener un pensamiento impulsor (pensamiento agente) que nos lleva a iniciar la acción y persistir en ella hacia la consecución de los mismos, todo ello a pesar de los obstáculos y la dificultades que nos podamos encontrar y que con mucha probabilidad nos encontraremos.
Václav Havel, planteó la definición que probablemente mejor refleja lo anterior
“La esperanza no es la convicción de que las cosas saldrán bien, sino la certidumbre de que algo tiene sentido, sin importar su resultado final”.
Si analizamos lo anterior, estamos muy lejos de entender la esperanza como se viene entendiendo y “poniendo de moda”, si atendemos al boom de manuales de autoayuda enfocados desde una muy mal entendida psicóloga positiva (buenísimo simplón) y donde la esperanza se parece más a lo que se refleja en frases con “si quieres puedes”, “ lo mejor está por llegar”, “saca la mejor versión de ti mismo”. No es este el concepto que analizamos ni estudiamos, ni aquí ni en las investigaciones y trabajos que se vienen realizando la respecto, p.e. Snyder (2002), Rand & Cheavens, (2009), en su Hope Theory
La esperanza implica:
- Reconocer que no siempre se logra lo que se quiere
- Que hay momentos complicados
- Que tenemos la capacidad de experimentar dolor y que es necesario dignificarlo (lo que no significa resignarse ante él). Victor Frank se refirió a ello como la “actitud serena ante el inevitable sufrimiento”. Por su parte Victor Amat, sentenció que “la Vida es aquello que ocurre entre hostia y hostia”
- Y sobretodo, que a pesar de ello, la vida tiene sentido y tiene sentido lo que hemos hecho, lo que hacemos y lo que haremos, en lo cual está implícito que nosotros tenemos sentido.
La capacidad de desplegar esta esperanza, ha demostrado que fortalece la capacidad de adaptación, aumenta la resiliencia y mejora el bienestar general.
Excede el objetivo de lo que aquí queremos exponer y compartir, pero se abre un estudio importante al respecto de si resiliencia y esperanza definen lo mismo. Dejamos aquí abierto el debate..
Esperanza y confianza: un reflejo en el espejo
¿Puede desarrollarse la esperanza sin hacer referencia a la confianza?
Recordemos una vez más que desarrollar y fortalecer la esperanza no significa ignorar los desafíos o dificultades de la vida, y autoconvencerse de que “todo saldrá bien”, sino más bien encontrar y disponer de la energía y capacidad para afrontar, y mantener una actitud favorable para superarlo.
“Autoconvencerse de que todo saldrá bien”, puede ser un componente de la esperanza, pero en ningún caso la representa.
Y aquí es donde entra en escena la confianza, y principalmente la confianza en uno mismo, en concepto que cada uno de nosotros tenemos sobre nosotros y que aparece estrechamente relacionado con el concepto que tenemos sobre los demás y sobre lo que nos rodea.
Un buen concepto de si mismo, cuando se mira al espejo ve esperanza, y del mismo modo, la esperanza también se ve reflejada en un buen concepto de uno mismo. ¿Cómo no disponer de esperanza cuando se confía y cree en uno mismo? Teniendo además en cuenta, que confiar en uno mismo es un predicador de la confianza en los demás, ¿cómo no fortalecer la esperanza si confiamos en los que nos rodean? No podemos adentrarnos en el concepto de confianza, pero en el blog “hola , soy la autoestima”, entramos más en detalle. Y si, nos gusta más el concepto de confianza que el de autoestima, tal vez le cambiemos el título.
Con este binomio esperanza-confianza, ¿Cómo no disponer de una enorme fortaleza?, ¿cómo no mantenerse firme en la consecución de lo que se quiere?
Lo que acabamos de exponer, nos explica los resultados observados en investigaciones que revelan que personas que presentan indicadores de un buen nivel de esperanza tienen una mejor salud mental en general, presentando una mayor capacidad de afrontamiento y gestión del estrés y la ansiedad, y una mayor capacidad de afrontamiento adversidades y desafíos.
¿Se aprende a tener Esperanza?
Claro, ¿qué no es susceptible de ser aprendido?
Técnicamente, la esperanza como tal, al igual que la autoconfianza, la tolerancia a la frustración, la perspicacia, …y un largo etcétera de capacidades y habilidades, en si misma no puede aprenderse, pero si podemos trabajar y entrenar los factores que se han identificado y que están en la base de la estructuración cognitiva de la esperanza.
Aparecen 3 grandes factores que permiten desplegar una robusta esperanza, que nos permita avanzar y mantenernos a pesar de encontrarnos con obstáculos.
1 – El primer factor que aparece es el de marcarse propósitos y objetivos alcanzables, realistas y flexibles, que podamos incluso medir. Es decir, no fantasear con objetivos “indefinidos” o incluso inalcanzables, oséase ideales y rígidos.
Aquí, es importante, necesario me atrevo a decir, que nos acerquemos a la vida con una mentalidad de crecimiento, como la definió Carol Dweck, en lugar de con una mentalidad fija. ¿Qué quiere decir esto?. Pues quiere decir que necesitamos aprender a reconocer que a través del esfuerzo es posible alcanzar metas y objetivos y mejorar aquello que entendemos que merece ser mejorado, en lugar de mantenernos en un “punto fijo” en función del cual o cambian las circunstancias (suerte, azar, el mirlo blanco,…) o las cosas seguirán más o menos igual por mucho que hagamos.
Si logramos disponer de objetivos, ya tenemos la primera piedra sobre la que construir: la intención de alcanzarlos. Evidentemente, esto implica que hemos de detenernos a revisar y definir nuestros objetivos, que perfectamente podemos haber aprendido e interiorizado por observación de esas personas que han sido referentes en nuestras vidas. Sea como fuere, ese es en primer eslabón
2 – El segundo factor es casi una consecuencia derivada del anterior, Establecer un Camino, el proceso, los pasos a seguir. Por eso muchos autores hablan de sendero.
No nos estamos refiriendo a otra cosa que a la necesidad de definir las actividades o los conjuntos de actividades que deberemos desarrollar para avanzar hacia el objetivo. Normalmente hay distintas rutas alternativas y se hace necesario encontrar la más óptima para nosotros, ya sea en virtud del esfuerzo que haya que realizarse, de los recursos que dispongamos (económicos, personales, …). Es decir, la ruta mas óptima puede ser distinta para cada uno.
Aquí es donde entran lo famosos “hábitos”, sobre los cuáles se han escrito ríos de tinta. Por referirnos a 2 de ellos, tanto el clásico de El Poder de los Hábitos de Charles Duhigg como Hábitos Atómicos de James Clear, pueden aportar un marco interesante que ayude a trabajar un recurso tan esencial como el establecimiento de hábitos que nos ayuden a dar los pasos a seguir.
Sea cual sea la fórmula para establecer los hábitos, hay dos variables que aparecen como cruciales: que nos mantengamos orientados a la tarea a realizar en ese momento y que aprendamos que nuestras intenciones de acción (o de implantación del plan como se las conoce técnicamente) estén formuladas en términos de condicionante del tipo “si sucede x, entonces hago y” (Gollwitzer, 1999).
Dicho de otro modo, mantenernos orientados a la tarea, bien podría plantearse como actuar con paciencia. El señor Hegel nos dejó una preciosa y muy acertada definición de la impaciencia “la impaciencia pi

